El grito que no se escucha 2025


Nadie sabe cuánto me dolió este año. No hay tipo de dolor que publicas; es el tipo de dolor que te traga, el que se vuelve afilado dentro del pecho y te enseña a respirar alrededor de la herida. Las personas creen que sobrevivir es ruidoso, pero este año me enseñó que a veces el grito más fuerte es el que no dejas salir.

Cargué tormentas de silencio. Caminé días que se sentían como campos de batalla, con heridas que cubrí tan bien que ni la vida misma podrá ver de dónde estaba sangrando. Dominé el arte de mantener la voz firme mientras todo dentro de mí se venía abajo. Aprendí a decir "estoy bien" con la garganta llena de terremotos.


Este año no solo me retó; me despojó de todo, me arrastró por momentos que me obligaron a encontrarme partes de mí que no estaba listo para enfrentar. Perdí personas, perdí versiones de mí mismo, perdí la suavidad que antes llevaba como una segunda piel. y, aun así, aun así, sobreviví. No porque fuera fácil, sino porque nunca me rendí.


Incluso cuando nadie lo vio, este año me rompió.

Este año me reveló.


Y en ese romper, encontré un nuevo lenguaje. Aprendí a escuchar el significado profundo de mis propios silencios, a descifrar el mapa de cicatrices que ahora llevo bajo la piel. Donde antes había sólo ruido de batalla, empecé a oír el tenue, pero persistente, latido de una verdad que el dolor había sepultado: que aún desgarrado, sigo siendo entero. Que la resiliencia no es un puente que se construye para escapar del abismo, sino el valor de sentarse en su orilla y, con tiempo, aprender a nombrar cada una de sus sombras.


Ahora respiro distinto. El aire pasa por los espacios que dejaron las pérdidas y, aunque a veces aún hace frío, ya no me ahoga. He comprendido que la fortaleza más genuina no nace del acero, sino de la tierra después del incendio: devastada, negra, pero inexplicablemente fértil. Este año no me dejó intacto, pero me devolvió a mí mismo: un hombre más antiguo, más consciente, dueño de un tipo de paz que solo conocen aquellos que han sostenido, en la más absoluta oscuridad, la pequeña y terco fuego de no apagarse.



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